martes, 1 de enero de 2019

Rebelión


La helada traspasaba los postigos.  Imperturbables cristales se abalanzaban sobre el terreno, arañando la tierra, horadando sus entrañas.  El frío se aglomeraba  por doquier, arrancando bocados de las brasas. El firmamento oscuro soplaba feralmente con un paroxismo de despecho que martilleaba sobre el lugar, dispersando chispas evanescentes, cientos de hilos blanquecinos ascendentes.
Un estallido desafió a la marea arreciante. Los embates de su mortecino nimbo lo instaban a detenerse. Erigiendo un puño al cielo, el arrebolado ser se asió de un bloque de madera, imbuyéndolo de coraje. La voz se propaló en todas direcciones, confiriendo esperanza a la inerme desdicha. Intempestivamente, las fuerzas de la rebelión se consolidaron. Miles de hermanos se alzaron, las crepitantes declamaciones acallaban el fragor del viento. Ningún enemigo debelaría la unión de los que eran uno; cantos ensordecedores celebraban la anticipada victoria y sus danzas eran animadas por el percutir de los pasos en el camino, mientras agónicas volutas blancas se unían a las enajenadas grises en su hedónica cúspide. Frío y calor casaban bajo la piel sensualmente, en aberrante éxtasis. Sus hijos discurrían ávidamente, absorbiendo a la madre, devorando al padre, consumiendo su propia vida hasta tornarse en vaho. La atezada carne se retorcía en un placer mortal, los cuerpos se ovillaban, anticipando el eterno despertar.
Los gritos desesperados descomponían la noche, que se tambaleaba ante tanto dolor, despatarrada, concibiendo a un día que no parecía llegar. Junto al disco reverberante del albor las llamas vociferaban su quebrado himno, al tiempo que trepaban por el armazón ennegrecido. Invictas, se desplomaron con un último restallido sobre un podio de laureles carbonizados.