La helada traspasaba los postigos. Imperturbables cristales se abalanzaban sobre
el terreno, arañando la tierra, horadando sus entrañas. El frío se aglomeraba por doquier, arrancando bocados de las
brasas. El firmamento oscuro soplaba feralmente con un paroxismo de despecho que
martilleaba sobre el lugar, dispersando chispas evanescentes, cientos de hilos
blanquecinos ascendentes.
Un estallido desafió a la marea arreciante. Los
embates de su mortecino nimbo lo instaban a detenerse. Erigiendo un puño al
cielo, el arrebolado ser se asió de un bloque de madera, imbuyéndolo de coraje.
La voz se propaló en todas direcciones, confiriendo esperanza a la inerme
desdicha. Intempestivamente, las fuerzas de la rebelión se consolidaron. Miles
de hermanos se alzaron, las crepitantes declamaciones acallaban el fragor del
viento. Ningún enemigo debelaría la unión de los que eran uno; cantos
ensordecedores celebraban la anticipada victoria y sus danzas eran animadas por
el percutir de los pasos en el camino, mientras agónicas volutas blancas se
unían a las enajenadas grises en su hedónica cúspide. Frío y calor casaban bajo
la piel sensualmente, en aberrante éxtasis. Sus hijos discurrían ávidamente,
absorbiendo a la madre, devorando al padre, consumiendo su propia vida hasta
tornarse en vaho. La atezada carne se retorcía en un placer mortal, los cuerpos
se ovillaban, anticipando el eterno despertar.
Los gritos desesperados descomponían la noche, que
se tambaleaba ante tanto dolor, despatarrada, concibiendo a un día que no
parecía llegar. Junto al disco reverberante del albor las llamas vociferaban su
quebrado himno, al tiempo que trepaban por el armazón ennegrecido. Invictas, se
desplomaron con un último restallido sobre un podio de laureles carbonizados.
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