martes, 1 de enero de 2019

Rebelión


La helada traspasaba los postigos.  Imperturbables cristales se abalanzaban sobre el terreno, arañando la tierra, horadando sus entrañas.  El frío se aglomeraba  por doquier, arrancando bocados de las brasas. El firmamento oscuro soplaba feralmente con un paroxismo de despecho que martilleaba sobre el lugar, dispersando chispas evanescentes, cientos de hilos blanquecinos ascendentes.
Un estallido desafió a la marea arreciante. Los embates de su mortecino nimbo lo instaban a detenerse. Erigiendo un puño al cielo, el arrebolado ser se asió de un bloque de madera, imbuyéndolo de coraje. La voz se propaló en todas direcciones, confiriendo esperanza a la inerme desdicha. Intempestivamente, las fuerzas de la rebelión se consolidaron. Miles de hermanos se alzaron, las crepitantes declamaciones acallaban el fragor del viento. Ningún enemigo debelaría la unión de los que eran uno; cantos ensordecedores celebraban la anticipada victoria y sus danzas eran animadas por el percutir de los pasos en el camino, mientras agónicas volutas blancas se unían a las enajenadas grises en su hedónica cúspide. Frío y calor casaban bajo la piel sensualmente, en aberrante éxtasis. Sus hijos discurrían ávidamente, absorbiendo a la madre, devorando al padre, consumiendo su propia vida hasta tornarse en vaho. La atezada carne se retorcía en un placer mortal, los cuerpos se ovillaban, anticipando el eterno despertar.
Los gritos desesperados descomponían la noche, que se tambaleaba ante tanto dolor, despatarrada, concibiendo a un día que no parecía llegar. Junto al disco reverberante del albor las llamas vociferaban su quebrado himno, al tiempo que trepaban por el armazón ennegrecido. Invictas, se desplomaron con un último restallido sobre un podio de laureles carbonizados.

martes, 2 de octubre de 2018

Moonlight

¡PUM, PUM! Cierro los ojos y todo acaba. Mi cuerpo llora atardeceres, pero las lágrimas lo esquivan. Raíces negras me hunden... arrastran... ¡no! ¡Me elevan! Focos grises examinan mi cuerpo, quedo desnudo. Un lecho de hojas me aguarda, las brozas de un árbol marchito me cubren y protegen. La vida acaba aquí, sólo para recomenzar, pero la pipa arde en la mano; esquirlas de casquillos levantan la piel. Mi móvil resquebrajado me desea lo peor, el minutero gira y gira sin parar.

La luz de la luna me impacta en la cara, el frío empuja. Recuerdo y sufro. Sollozo, pero no me escucho. Las cadenas de mi cuello se rompen, soy libre. El baobab al que estaba amarrado me contesta con un restallido amenazante. "Lárgate, pistolero", escucho. Tropiezo y me incorporo, las zarzas se clavan en las manos pero no queman. "¿No hay catarsis? ¿Qué hay de mi redención? Déjame purificarme, desátame del metal" bramo, dirigiéndome al maculado astro. La pistola dispara, ¡PUM,PUM!, el cielo gruñe. Me llevo la mano al pecho, ¡PUM,PUM! el gatillo se vuelve a desplazar, una niebla de pólvora me envuelve. Me llevo la cara a las manos y grito, el plomo me reconforta y el cañón chista, susurra "Estás a salvo" y aunque no lo creo, me calmo.

Bamboleo por el paraje, las piernas no responden y las imágenes se presentan informes. Escucho el licor gorgotear en mis oídos, corrientes de náuseas escalan en mi estómago. Me abrocho la cazadora, el frío me paraliza. Pasan las horas y la pérfida dama se niega a esconderse, no la asustan mis bravuconadas. No la amenazan mis palabras. No la conmueven mis plegarias. No le impacta mi ira. Me cuelgo de ella y resbalo, cae mi espalda contra el suelo y noto su mirada escrutadora. Siento su desdén. "Hija de la gran puta, límpida zorra. Ostentas la blancura de la falsa novicia." le chillo desde el suelo. Una centella venida del firmamento sisea en mi ombligo, entra sin llamar. Una llama negra brota del orificio, hebras negras acarician el estómago y envuelven la zona abdominal. Miro hacia abajo, me ha condenado.

Entre matojos y árboles eternos encuentro un calvero. Figuras ensombrecidas vagan por el claro y otras tantas forman una interminable cola, rodeando una montaña cimentada en briznas secas y cardos y rematada en la cima por un camino de flores de oro. La cúspide mira con condescendencia al hormiguero que escala, bestias expulsadas de su guarida. Rodeo el montículo y trepo por la cara contraria a la que se sitúa la oscura línea. Un fuerte granizo amenaza con tirarme. No lo conseguirá. Saco la lengua y doy un bocado a un copo que pasa por mi lado. Lo noto despedazarse bajo el agarre de mi mandíbula y un dulce torrente discurre por mi barbilla. Lo escupo y río. El monte enfurece. Un alud se lanza hacia mí pero lo enfrento. Los dientes y las uñas se agarran a la pared de la accidentada montaña y resisto. El desprendimiento pasa y prosigo la subida hasta llegar a un camino, pero la cola de figuras se interpone en mi ascenso. Los empujo pero no ceden, se agarran de las manos y me miran, desafiantes."¡Hijos de mil putas, adoradores de agujas sidosas, dejadme pasar de una puta vez!" Los zarandeo, insulto y golpeo, pero me devuelven la mirada. Me exasperan, sólo quiero reventarles la cabeza. La brisa de la noche arrastra sangre. ¡PUM,PUM! ¡PUM,PUM! Rompo la cadena, pero ellos también van armados. Al unísono las armas descargan.

Los brazos me pesan, las piernas comienzan a ceder, no creo que hoy pueda continuar. Mi cuerpo se acerca al precipicio y caigo, me doy la vuelta con dificultad. En esta zona del cielo no hay estrellas. Realmente me alegro. Fijo la vista en el infinito negro que se abre ante mí. Quedo estático, yerto. Dejo de pensar, la mirada perdida.

Por fin descanso.

jueves, 17 de mayo de 2018

Campo floral

Alrededor de una veintena de personas subsistían de los frutos de una ciénaga cochambrosa. El lodo oscuro recubría las pieles desnudas de los trabajadores hasta la rodilla, mientras buscaban con los pies un punto firme en el viscoso suelo. Los fétidos efluvios emanados del lugar se extendían por los yermos parajes circundantes.
Al contrario de lo que cabría pensar, la vida despuntaba con fuerza del terreno a millares, infestando el paisaje con una sombría fealdad opaca. Raíces de silicio arraigaban en lo profundo del subsuelo en una promiscua red de enlaces de la que irradiaban fulgores de azul enfurecido. Metálicos tallos escalaban hasta la superficie, una pila de vértebras acuñadas que se retorcían en busca del lugar que los proveyera de mayor atención. Espinas de oro desgarraban la palma de los jornaleros que asían las plantas para recolectarlas. En su extremo, las cóncavas y hermosas coronas de poliédrico cristal quedaban ocultas bajo un polen de cenizas que hacían estornudar a los moradores del lugar mientras arrancaban colillas de estambres humeantes.
Fue una calurosa tarde de verano en la que las llamas consumieron el cultivo, mientras los trabajadores observaban, anonadados, desde un baño de piedras.

domingo, 13 de mayo de 2018

Sueño en Nueva York

Hace ya un buen tiempo que soñé con avenidas flanqueadas de enormes rascacielos, donde no se veía el sol pero su luz iluminaba cada rincón, insuflando vida a cada grano de asfalto, reflejándose en las miradas de los transeúntes con la esperanza de la mañana y haciendo refulgir los capós de una inacabable y sorda procesión.

Monté en un rutilante taxi, como los de las películas, mientras mi amigo abría la puerta contigua relatándome el enorme error que suponía no coger el transporte público. Tras una breve retahíla de quejas se hizo el silencio. Las ruedas musitaban en un interminable suspiro, como confortándose  a sí mismas. Las ventanas del vehículo se encontraban abiertas y al aumentar de velocidad, la brisa se coló con un ruido ensordecedor, alborotando el cabello mientras yo sacaba parcialmente la cabeza. Siempre me ha encantado esa sensación de libertad, esa leve obstrucción en las fosas que provoca el viento enfurecido. El taxi volvió a aminorar la marcha. Una amalgama de figuras tomó la calle al completo, paralizando el ya de por sí flemático tráfico. Forzando la vista, conseguí vislumbrar el hormiguero del que desfilaban la ristra de sombras; un hotel de alto copete cuya suntuosa fachada se encontraba en perpendicular a la carretera, a la que se accedía a través de una oblonga plaza de mármol. A medida que nos acercábamos, podía distinguir con mayor claridad la situación. Jóvenes vestidos con sus mejores galas se amontonaban a las puertas del edificio, cansadas risas y conversaciones joviales atestaban cada vericueto de la muchedumbre; búhos vestidos de frac y lentejuelas que tomaban la última copa, derramando su contenido cuando los ataques de risa así lo dictaban. El taxista enfurecido soltó una dura lista de improperios a los personajes ávidos de diversión que transitaban descuidados por delante del coche. Cansado de la parsimonia de la muchedumbre amenazó apretando levemente el acelerador y haciendo bramar el claxon del automóvil. Dos espigadas chicas rubias, tacones en mano, respondieron a la provocación, colocándose cada una en un lateral del carril, creando un túnel uniendo los brazos por encima del taxi con una carcajada risueña a la par que traviesa. Me quedé pasmado ante la aparición de esta mágica estampa a la que seguí con la mirada hasta que desapareció de mi vista por la luna trasera, en un abrazo mezclado con una risa histérica por la jugarreta que acababan de perpetrar.

Un evento que aconteció en un instante que hubiera querido que fuera eterno, pues todo el glamour neoyorquino se encontraba aquel amanecer deslizándose sobre nubes pétreas.