Hace ya un buen tiempo que soñé con avenidas flanqueadas de enormes rascacielos, donde no se veía el sol pero su luz iluminaba cada rincón, insuflando vida a cada grano de asfalto, reflejándose en las miradas de los transeúntes con la esperanza de la mañana y haciendo refulgir los capós de una inacabable y sorda procesión.
Monté en un rutilante taxi, como los de las películas, mientras mi amigo abría la puerta contigua relatándome el enorme error que suponía no coger el transporte público. Tras una breve retahíla de quejas se hizo el silencio. Las ruedas musitaban en un interminable suspiro, como confortándose a sí mismas. Las ventanas del vehículo se encontraban abiertas y al aumentar de velocidad, la brisa se coló con un ruido ensordecedor, alborotando el cabello mientras yo sacaba parcialmente la cabeza. Siempre me ha encantado esa sensación de libertad, esa leve obstrucción en las fosas que provoca el viento enfurecido. El taxi volvió a aminorar la marcha. Una amalgama de figuras tomó la calle al completo, paralizando el ya de por sí flemático tráfico. Forzando la vista, conseguí vislumbrar el hormiguero del que desfilaban la ristra de sombras; un hotel de alto copete cuya suntuosa fachada se encontraba en perpendicular a la carretera, a la que se accedía a través de una oblonga plaza de mármol. A medida que nos acercábamos, podía distinguir con mayor claridad la situación. Jóvenes vestidos con sus mejores galas se amontonaban a las puertas del edificio, cansadas risas y conversaciones joviales atestaban cada vericueto de la muchedumbre; búhos vestidos de frac y lentejuelas que tomaban la última copa, derramando su contenido cuando los ataques de risa así lo dictaban. El taxista enfurecido soltó una dura lista de improperios a los personajes ávidos de diversión que transitaban descuidados por delante del coche. Cansado de la parsimonia de la muchedumbre amenazó apretando levemente el acelerador y haciendo bramar el claxon del automóvil. Dos espigadas chicas rubias, tacones en mano, respondieron a la provocación, colocándose cada una en un lateral del carril, creando un túnel uniendo los brazos por encima del taxi con una carcajada risueña a la par que traviesa. Me quedé pasmado ante la aparición de esta mágica estampa a la que seguí con la mirada hasta que desapareció de mi vista por la luna trasera, en un abrazo mezclado con una risa histérica por la jugarreta que acababan de perpetrar.
Un evento que aconteció en un instante que hubiera querido que fuera eterno, pues todo el glamour neoyorquino se encontraba aquel amanecer deslizándose sobre nubes pétreas.
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