Alrededor de una veintena de personas subsistían de los frutos de una ciénaga cochambrosa. El lodo oscuro recubría las pieles desnudas de los trabajadores hasta la rodilla, mientras buscaban con los pies un punto firme en el viscoso suelo. Los fétidos efluvios emanados del lugar se extendían por los yermos parajes circundantes.
Al contrario de lo que cabría pensar, la vida despuntaba con fuerza del terreno a millares, infestando el paisaje con una sombría fealdad opaca. Raíces de silicio arraigaban en lo profundo del subsuelo en una promiscua red de enlaces de la que irradiaban fulgores de azul enfurecido. Metálicos tallos escalaban hasta la superficie, una pila de vértebras acuñadas que se retorcían en busca del lugar que los proveyera de mayor atención. Espinas de oro desgarraban la palma de los jornaleros que asían las plantas para recolectarlas. En su extremo, las cóncavas y hermosas coronas de poliédrico cristal quedaban ocultas bajo un polen de cenizas que hacían estornudar a los moradores del lugar mientras arrancaban colillas de estambres humeantes.
Fue una calurosa tarde de verano en la que las llamas consumieron el cultivo, mientras los trabajadores observaban, anonadados, desde un baño de piedras.
No hay comentarios:
Publicar un comentario