¡PUM, PUM! Cierro los ojos y todo acaba. Mi cuerpo llora atardeceres, pero las lágrimas lo esquivan. Raíces negras me hunden... arrastran... ¡no! ¡Me elevan! Focos grises examinan mi cuerpo, quedo desnudo. Un lecho de hojas me aguarda, las brozas de un árbol marchito me cubren y protegen. La vida acaba aquí, sólo para recomenzar, pero la pipa arde en la mano; esquirlas de casquillos levantan la piel. Mi móvil resquebrajado me desea lo peor, el minutero gira y gira sin parar.
La luz de la luna me impacta en la cara, el frío empuja. Recuerdo y sufro. Sollozo, pero no me escucho. Las cadenas de mi cuello se rompen, soy libre. El baobab al que estaba amarrado me contesta con un restallido amenazante. "Lárgate, pistolero", escucho. Tropiezo y me incorporo, las zarzas se clavan en las manos pero no queman. "¿No hay catarsis? ¿Qué hay de mi redención? Déjame purificarme, desátame del metal" bramo, dirigiéndome al maculado astro. La pistola dispara, ¡PUM,PUM!, el cielo gruñe. Me llevo la mano al pecho, ¡PUM,PUM! el gatillo se vuelve a desplazar, una niebla de pólvora me envuelve. Me llevo la cara a las manos y grito, el plomo me reconforta y el cañón chista, susurra "Estás a salvo" y aunque no lo creo, me calmo.
Bamboleo por el paraje, las piernas no responden y las imágenes se presentan informes. Escucho el licor gorgotear en mis oídos, corrientes de náuseas escalan en mi estómago. Me abrocho la cazadora, el frío me paraliza. Pasan las horas y la pérfida dama se niega a esconderse, no la asustan mis bravuconadas. No la amenazan mis palabras. No la conmueven mis plegarias. No le impacta mi ira. Me cuelgo de ella y resbalo, cae mi espalda contra el suelo y noto su mirada escrutadora. Siento su desdén. "Hija de la gran puta, límpida zorra. Ostentas la blancura de la falsa novicia." le chillo desde el suelo. Una centella venida del firmamento sisea en mi ombligo, entra sin llamar. Una llama negra brota del orificio, hebras negras acarician el estómago y envuelven la zona abdominal. Miro hacia abajo, me ha condenado.
Entre matojos y árboles eternos encuentro un calvero. Figuras ensombrecidas vagan por el claro y otras tantas forman una interminable cola, rodeando una montaña cimentada en briznas secas y cardos y rematada en la cima por un camino de flores de oro. La cúspide mira con condescendencia al hormiguero que escala, bestias expulsadas de su guarida. Rodeo el montículo y trepo por la cara contraria a la que se sitúa la oscura línea. Un fuerte granizo amenaza con tirarme. No lo conseguirá. Saco la lengua y doy un bocado a un copo que pasa por mi lado. Lo noto despedazarse bajo el agarre de mi mandíbula y un dulce torrente discurre por mi barbilla. Lo escupo y río. El monte enfurece. Un alud se lanza hacia mí pero lo enfrento. Los dientes y las uñas se agarran a la pared de la accidentada montaña y resisto. El desprendimiento pasa y prosigo la subida hasta llegar a un camino, pero la cola de figuras se interpone en mi ascenso. Los empujo pero no ceden, se agarran de las manos y me miran, desafiantes."¡Hijos de mil putas, adoradores de agujas sidosas, dejadme pasar de una puta vez!" Los zarandeo, insulto y golpeo, pero me devuelven la mirada. Me exasperan, sólo quiero reventarles la cabeza. La brisa de la noche arrastra sangre. ¡PUM,PUM! ¡PUM,PUM! Rompo la cadena, pero ellos también van armados. Al unísono las armas descargan.
Los brazos me pesan, las piernas comienzan a ceder, no creo que hoy pueda continuar. Mi cuerpo se acerca al precipicio y caigo, me doy la vuelta con dificultad. En esta zona del cielo no hay estrellas. Realmente me alegro. Fijo la vista en el infinito negro que se abre ante mí. Quedo estático, yerto. Dejo de pensar, la mirada perdida.
Por fin descanso.
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